sábado, 6 de octubre de 2012
De nada sirve regalar palabras...
A veces echamos de menos algo y ni siquiera sabemos el qué. Sólo sabemos que falta algo... algo que antes estaba y, simplemente, ya no. Parece mentira cómo con sólo pronunciar una palabra pueden cambiar tanto las cosas. Tantísimo.
No hace tanto que todo apuntaba a que las cosas irían a mejor. Aunque puede que esto sea lo mejor, después de todo.
No hace tanto que mis palabras me convencían, lo cierto es que no hace tanto...
Y ahora no.
Hoy todo es raro. Hoy lo que una vez fue rutina, lo natural, es algo, cuanto menos, impensable; hoy lo que antes parecía eterno, va desapareciendo bajo la tela de mi vestido. Hoy todo se consume con más rapidez que un cigarro en boca de alguien hábil; hoy las gotas de lluvia, se evaporan antes de rozar el suelo. Y es que...
De nada sirve regalar palabras.
Al menos, para nada bueno. Tus propias palabras se pueden volver en tu contra. Tus propias palabras pueden atragantarte si no las sacas a que vean la luz; y, si las sacas, corres el riesgo de que ellas mismas te traicionen. De que tú misma lo hagas. Y es que, hay veces, en las que las palabras no sirven para nada; es que, hay veces, en las que es mejor callar, observar en silencio; volverte invisible.
Hubo tiempos en los que las palabras sobraban a veces; hubo tiempos en los que las palabras eran lo único que conseguían solucionarlo todo. Mis palabras.
Hoy esas palabras carecen de sentido cuando ayer fueron el centro de todo lo que pasaba a mi alrededor. Hoy llego a la conclusión de que mis palabras me han traicionado; y yo las he dejado hacer a su gusto, porque, lo cierto, es que poco me puede importar ya que no sirvan de nada; de que jugara mi última carta y perdiera; de que lo echara a suertes y, finalmente, saliera cruz. Ganaste.
Como siempre.
La palabra siempre es algo que no hace mucho empecé a odiar; que apunté en mi lista de deseos frustrados para no volver a mentar. Cuando tienes quince años ese siempre es como una meta, y no nos damos cuenta de que algo infinito jamás podrá retener en su significado ninguna clase de meta. Pero supongo que es más fácil engañarnos a nosotros mismos por el simple hecho de que necesitamos vivir en una continua lucha por conseguir algo; somos humanos.
Ojalá ese 'siempre' nunca perdiera el significado que nosotros le damos por primera vez. Ojalá. Ojalá los 'echar de menos' sólo se produjeran cuando son recíprocos. Ojalá.
Qué mal que los deseos no se cumplan, supongo; qué mal que donde ayer hubo un Imperio hoy sólo queden ruinas. Qué mal.
Ojalá hubiera una ley que obligara a que se cumplieran todos y cada uno de nuestros respectivos deseos; ojalá hubiera una ley que obligara a no poder deprimirse un Sábado noche en Madrid. Y, ya de paso, que obligara a servirnos cafés gratis a cualquier hora del día. Pero no, de leyes no va la cosa.
Supongo que el quedarse llorando en la cama no va a solucionar algo que no tiene solución. Supongo que ya va siendo hora de dejar de malgastar Rímmel del caro en restregarlo por las mejillas cada vez que me da por pensar un poco más de la cuenta. Supongo que es hora de cambiar, de dejar de regalar palabras que no sirven para nada y que encima utilizan en mi contra. Supongo que es hora de cambiar. Pero hace tantos años que 'supongo' lo mismo que ya... no. Sé que no.
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