jueves, 4 de octubre de 2012

Esas pequeñas nimiedades...


        Odio que el Rímmel me manche las puntas del flequillo de negro un segundo antes de tener que salir a la calle. Odio tener que pintarme la raya de azul turquesa en un vano intento de alegrar mis pupilas. Odio el odiar cada una de las cosas que no hago cada día.

Te acostumbrarás, decían. Supongo que no llevo del todo mal el estar sola, ni el tener que ir con prisas a todos los sitios; el aguantar a cada una de las personas que comparten pegados a mi espalda mis interminables viajes en autobús. Supongo que me gusta este mundo; pero podría gustarme aún más...

Hay gente que se queja por quejarse, yo, sin embargo, intento hacer muchas cosas cada día para que el tiempo pase más rápido y poder ir tachándolos uno por uno a un ritmo mayor.

A veces echo de menos el llegar cada mañana y sentarme a escuchar cada una de las cosas que decían los profesores en el instituto; el no tener que preocuparme por nada; el que me dijeran el tema diez y el once son los del examen; el echarme unas risas con ellos, el tenerles cerca.
Esos tiempos quedaron atrás, tener quince años y todo resuelto, por mucho que cualquier cosa a esa edad parezca un mundo, no es ya tener los dieciocho, y tener que aprender a valerte por ti mismo, en un sitio que no es el tuyo, con gente que acabas de conocer.
Yo, por ejemplo, los primeros días me levantaba y no sabía dónde estaba, esto tiene una ligera esencia de patio de vecinos que al principio llegaba a confundir muchas veces con la casa de mi abuela, pero no, claro que no lo es. Cuando despierto en casa de mi abuela todo está bien, tranquilo, allí las preocupaciones es como si, simplemente, no existieran. Más de una vez he llegado llorando, pero ha sido cruzar la puerta que separa el portal de la calle, y saber que allí estoy segura, que nadie me haría nada, que los desprecios no importaban.

Y ahora estoy aquí.

Y, en un primer momento, pensaba que todo iría  a peor. Pero las noches aquí no tienen punto de comparación con las noches allí. Y eso me calma. Aquí no me paso las noches llorando hasta las siete de la mañana por algo sin sentido; aquí sólo tengo que abrazarme fuerte a mi cojín para saber que, después de todo, nunca estaré sola. ES MEJOR LA SOLEDAD PARA REHABILITARSE, supongo.

Lo cierto es que aquí las noches no se me hacen interminables. Lo cierto es que aquí los días tranquilos son los que priman... puesto que aquí no hay nada que pueda alterarme.
Supongo que, después de todo, me he dejado embriagar por esta esencia que sólo Madrid puede tener; supongo que si aquí mi máxima preocupación en estos momentos es el mancharme de maquillaje el flequillo es que las cosas no pueden ir tan mal, ¿no?.

Entonces...
¿Por qué sigo pintándome de azul turquesa con el único fin de ocultar la tristeza?.

No tengo respuestas para todo; de hecho, últimamente no tengo respuestas para nada... y eso a veces me aterra.
Supongo que hay tristezas que pueden ser consideradas como crónicas, como los 'amores'; pienso que también pueden serlo. Amores entrecomillados, porque lo crónico suena a enfermedad.

Pienso todas estas nimiedades siempre que salgo de casa; siempre que cojo el autobús e intento pasar desapercibida por el simple hecho de que no me apetece ver a nadie. Pienso que no puedo quejarme de algo que yo misma he elegido, y por tanto, intento ver lo positivo de cada día, y, de momento, creo que lo estoy haciendo bastante bien; por mucho que a veces siga añorando esos quince años en los que el único problema era el que alguien dijera o pensara que no era lo suficientemente buena; por mucho que a veces me queje de mi situación, empiezo a cogerle el puntillo, me esperan aquí cuatro años aún, es hora de que empiece a asimilarlo.

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